
Le tengo miedo y prevención a los gimnasios, aquellos lugares en que se va a sudar, a auto flagelarse y a perder con sentimiento de culpa y sufrimiento lo que se ha ganado con alegría y con apetito. Por ello nunca he pisado un lugar de esos, entre otras cosas porque me vería atroz exhibiendo mis ya luengas carnes y sometiéndolas el escarnio público como cualquier hazmerreír barato.
Ello no significa que no conozca tales martiriologios a los que se auto someten miles de seres humanos que acuden a esos lugares semanal y diariamente tornándoseles una obsesión y un vicio del cual cada vez menos se pueden zafar.
Las mujeres por un lado acuden a ellos no sólo para verse mejor sino para que las vean mejor y allí van a pagar sus pecadillos alimentarios, sus excesos de cocha y de locha y sus mecaterías incontroladas y harto que les cuesta en lágrimas, frustraciones, dinero, tiempo y sacrificios. Empero, allí dejan sus grasas víctimas del Dios espejo que las convierte en sus esclavas.
A su turno, los hombres hetero, homo y metro sexuales tienen en tales crematorios también no sólo el ver y el dejarse ver sino además la manera de mostrar y potencializar sus virilidades y sus debilidades mientras de paso tratan de armonizar sus figuras sacándose nalgas o rebajando sus espantosas barrigas montados en bicicletas que no van a ninguna parte o haciendo ejercicios que para nada les van a aumentar la vida.
Lo cierto es que muchos (as) gimnasioadictos (as) se tornan jartísimos (as) siempre pensando en sus figuras con el verdugo de la balanza día y noche creyendo equivocadamente que eso es vida y lo que es, es esclavizarse y perder los mejores años eliminando calorías y sofocándose inclementemente.
Tengo una amiga que se marchitó tempranamente y hoy parece un pergamino. Luce una ‘macana’ de fisicoculturista y ostenta unas bolas en las pantorrillas parecidas a las que le salen a ciertas bailarinas de ballet.
Ahora bien: no se trata de rendirle culto al sedentarismo ni mucho menos que se acaben estos ‘spa’ de la salud corporal o clubes de la vanidad. Pero, y recordando el spinning, bueno es culantro pero no tanto y ahí están las consecuencias: el abuso de ir a los gimnasios es peor que el no hacerlo nunca.
Por ellos se ven y se padecen a docenas de gimnasioadictos (as) a los (as) que no les caben más arrugas, con la piel templada pero sin lozanía y con unos músculos y musculitos que después de cierta edad son ridículos. Y no es que esas personas tengan mejor calidad de vida o que duren más que los que ni se asoman a esos sudarios: Lo que por un lado ganan, por el otro lo pierden sin que sea válido eso de que el que peca y reza empata y no basta con ir a pagar las penitencias de lo comido o lo bebido.
Por eso hay que darle con calma al acudir a esos suplicitorios que pueden resultar peores que la enfermedad. Casos se han visto y se siguen viendo de personas que por culpa del vicio de ir a los gimnasios, terminan pagando boca arriba lo que hicieron boca abajo.








