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Wed05222013

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Sirirí

¡Cuidado con los gimnasios!!

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Le tengo miedo y prevención a los gimnasios, aquellos lugares en que se va a sudar, a auto flagelarse y a perder con sentimiento de culpa y sufrimiento lo que se ha ganado con alegría y con apetito. Por ello nunca he pisado un lugar de esos, entre otras cosas porque me vería atroz exhibiendo mis ya luengas carnes y sometiéndolas el escarnio público como cualquier hazmerreír barato.


 

Ello no significa que no conozca tales martiriologios a los que se auto someten miles de seres humanos que acuden a esos lugares semanal y diariamente tornándoseles una obsesión y un vicio del cual cada vez menos se pueden zafar.

Las mujeres por un lado acuden a ellos no sólo para verse mejor sino para que las vean mejor y allí van a pagar sus pecadillos alimentarios, sus excesos de cocha y de locha y sus mecaterías incontroladas y harto que les cuesta en lágrimas, frustraciones, dinero, tiempo y sacrificios. Empero, allí dejan sus grasas víctimas del Dios espejo que las convierte en sus esclavas.

A su turno, los hombres  hetero, homo y metro sexuales tienen en tales crematorios también no sólo el ver y el dejarse ver sino además la manera de mostrar y potencializar  sus virilidades y sus debilidades mientras de paso tratan de armonizar sus figuras sacándose nalgas o rebajando sus espantosas barrigas montados en bicicletas que no van a ninguna parte o haciendo ejercicios que para nada les van a aumentar la vida.

Lo cierto es que muchos (as) gimnasioadictos (as) se tornan jartísimos (as) siempre pensando en sus figuras con el verdugo de la balanza día y noche creyendo equivocadamente que eso es vida y lo que es, es esclavizarse y perder los mejores años eliminando calorías y sofocándose inclementemente.

Tengo una amiga que se marchitó tempranamente y hoy parece un pergamino. Luce una ‘macana’ de fisicoculturista y ostenta unas bolas en las pantorrillas parecidas a las que le salen a ciertas bailarinas de ballet.

Ahora bien: no se trata de rendirle culto al sedentarismo ni mucho menos que se acaben estos ‘spa’ de la salud corporal o clubes de la vanidad. Pero, y recordando el spinning, bueno es culantro pero no tanto y ahí están las consecuencias: el abuso de ir a los gimnasios es peor que el no hacerlo nunca.

Por ellos se ven y se padecen a docenas de gimnasioadictos (as) a los (as) que no les caben más arrugas, con la piel templada pero sin lozanía y con unos músculos y musculitos que después de cierta edad son ridículos. Y no es que esas personas tengan mejor calidad de vida o que duren más que los que ni se asoman a esos sudarios: Lo que por un lado ganan, por el otro lo pierden sin que sea válido eso de que el que peca y reza empata y no basta con ir a pagar las penitencias de lo comido o lo bebido.

Por eso hay que darle con calma al acudir  a esos suplicitorios que pueden resultar peores que la enfermedad. Casos se han visto y se siguen viendo de personas que por culpa del vicio de ir a los gimnasios, terminan pagando boca arriba lo que hicieron boca abajo.

Estupidez Homofóbica

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Un niño de cinco años le dice a su mamá: “No juego con ese otro niño porque es gay”. La mamá al borde del desmayo le pregunta que si sabe “qué es ser gay” y el niño le contesta con picardía, “no sé que es, pero otros amiguitos me dijeron eso”…

Los Depilados

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En reciente reunión con un grupo de jóvenes profesionales, algunos casados y con hijos, se tocó el tema de las mujeres piernipeludas y otras vellosidades que las féminas se extirpan desde el bozo -distinguida institución lastimosamente desaparecida- hasta axilas, brazos, las susodichas piernas y ahora la región pélvica lo que enloquece a muchos varones y defrauda a otros tantos.

¿No te acordás quién soy?

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Yo no sé si es que conozco mucha gente, o viceversa, o se me olvidan las caras de las personas pero ya no resisto más la preguntica que suelen hacerme quienes a veces me resultan totalmente desconocidas o algo me recuerdan muy vagamente.


 

El hecho es que tales situaciones me producen profunda vergüenza y me ponen en calzas prietas.

“A que no te acordás quien soy”, resulta un insulto para mi memoria y una afrenta ante aquellos hombres o mujeres, sobretodo, que incluso se molestan porque no sé y no recuerdo quién diablos son.

Y esto le sucede a muchísimos amigos (as) que me comentan situaciones similares ante las que también quedan como un zapato.

Y es que las “ayudas de memoria” resultan aun mas vergonzosas: “Si estuviste en mi grado de bachiller”; “Pero si comimos juntos en San Andrés”; “Malagradecido si te ayude a desvarar tu pichirilo”…

Lógico, uno queda entre apenado y bejuco porque ¿cómo diablos se va a acordar de encuentros de hace los años de Matusalén? Empero, lo grave no son esos recordéris de épocas bastante pretéritas, No! El alemán o ni se quien sea, le hace pasar a uno por rubores peores.

¡Cómo así que no sabes quién soy!

Es una declaratoria de guerra ante la cual se queda perplejo y debe, con las debidas excusas, reconocer la mala memoria y pedir una luz para dilucidar la incógnita que, una vez despejada, sirve para ofrecer las disculpas de rigor o para simplemente dorar la píldora.

En alguna oportunidad me encontré con un buen amigo quien me presentó a un alto funcionario bogotano.

Al otro día me tope con el ilustre sabanero y lo salude amablemente diciéndole “hola líder”, expresión que heredé de mi querido Jorge Arturo Sanclemente.

Pues bien, el rolo se reunió horas después con mi amigo y le expresó su complacencia por mi deferencia y aún más por haberle llamado “líder”, reconociendo con ello mi excelente memoria, ante lo cual le manifestó: No le creas a ese Sirirí que no se sabe el nombre de nadie y por eso a todo el mundo le dice “líder”.

Está bien distinguir y hacer una venia respetuosa cuando se desconoce al personaje. Incluso se puede entrar en materia y tener una ligera conversación “buscapistas” o lo mejor, pedirle una tarjeta o presentar al desconocido a un tercero para ver si da su nombre y santo remedio: Uno termina despidiéndolo de nombre y queda de lo mas de bien.

Pero de allí a enfrentar y confrontar exigiendo prácticamente que le diga el nombre es por demás sofocante, amén de un desafío prácticamente imposible de solucionar.

Y un pequeño tip: Si te hacen el reclamo de por qué no saludas échale la culpa a los anteojos: “Es que estoy estrenando unos lentes y no veo muy bien de lejos o de cerca”.

Y si no tienes anteojos di que estas ciego porque se te extraviaron los lentes de contacto.