Lástima no contar con más espacio para publicar el texto completo del discurso de Gustavo Álvarez Gardeazábal al recibir el doctorado Honoris Causa en Literatura que le confirió la Universidad del Valle.
Gustavo dijo entre otras cosas: “No he sido más que alguien que ha querido ayudar a todo el que lo solicita. Alguien que salga a defender al perseguido. Alguien que se ha atrevido a lo imposible y ha resistido sin temor a los embates de los poderosos. No soy más. El resto me lo han facilitado los amigos que siempre me han rodeado para leer mis libros, para oír mis herejías o para apoyarme a pasar los profundos baches en los que he caído. No escogí el hacha de mis mayores ni me puse detrás de un mostrador a vender libros. Empuñé el arma de la palabra y esgrimí la espada de la literatura para meterme en los vericuetos de la vida.
Me asomé por estadios que los más puristas consideraron equivocados. Afronté las consecuencias de hurgar en la memoria colectiva. Pagué los errores de ser un vallecaucano en medio de la revolución del narcotráfico. Sentí frente a mis narices la construcción tajante de una gran pared que frenó en seco mis posibilidades del ejercicio político. Pero aquí estoy, leyendo un texto escrito. Un texto tan vital y tan fruto de mi manera de entender la vida, de mi manera de asumir el devenir, que este acto no puede ser otra cosa distinta a mi refrendación del eterno carnet de escritor que llevaré hasta el día en que ustedes me entierren en el Cementerio Libre de Circasia… Es posible que en la decantación ineludible de la historia, yo no quedé sino como el autor de un solo libro (Cóndores no entierran todos los días).
Pero no creo que fué un esfuerzo perdido haber hecho, en otra docena de novelas, la radiografía de todas las manifestaciones del poder en la segunda mitad del Siglo XX en estas tierras vallecaucanas. He hecho mis novelas y mis ensayos sobre el terruño. Mi espacio literario, el novelístico y el investigado ha sido siempre este valle, otrora idílico, que no tuvo derecho a recoger las cenizas de Jorge Isaacs y se sigue deleitando en cortarnos la cabeza a todos los que hayamos intentado sobresalir.
No he sido más que el novelista vallecaucano y me siento infinitamente orgulloso del oficio… Estigmatizado como satanizador. Desconocido como cabeza orientadora. Impedido de opinar sobre el solar tulueño para salvar mi vida, enmudezco al final de mi existencia convencido que es mejor dejar a que el tiempo pase para que las fatuidades se dispersen y yo, parado en la puerta de mi casa del barrio Sajonia, vea pasar antes de morirme a los generadores de la ignominia, empaquetados en las cuatro tablas de la historia. He vivido tanto, tan intensamente y desde tan temprana edad. Me he equivocado tantas veces, he acertado tantas otras. He subido a los pedestales de la gloria y he bajado a las profundidades de la miseria. He tenido con qué y me han hecho falta varias veces las cosas elementales para sobrevivir.
Pero triunfador o derrotado, en la cúspide del poder o en la soledad de una celda carcelaria, siempre he sido el mismo. El mismo niño terco asomado a la ventanita de la casa paterna, mirando desde allí la realidad que los demás no fueron capaces de contar. Espero que cuando
llegue la muerte, esté mirando desde esa ventana y haya podido contar todo lo que he visto”.





