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Fri05242013

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¿Cómo te has engordado?

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Hace varios meses y con esta declaratoria de guerra, me saludó a la salida del supermercado una rolliza y rubicunda vecina, especializada en decir cosas jartas. Yo me encontraba apurándome unas empanaditas - sábado 11 de la mañana- tranquilo, sin hacerle mal a nadie, cuando se me acercó profiriéndome semejante insulto.

Caballero que es uno, respondile con el pétalo de una rosa. En cambio tú, cómo estás de bien y cómo te lucen esos ‘chiclets’ le dije mientras la recorrí con mis absortos ojos de cabo a cabo y me la comí… con la mirada.

La despedida fue peor: “Cuídese esa panza mijito que parece embarazado”, agregó. Me llené de paciencia y tan sólo le respondí: “Tú en cambio te ves bellísima y además sí que admiro tu temple”, refiriéndome claro a las múltiples templadas de que ha sido víctima y que de practicarse una más quedaría con barba.

No obstante el mal rato que esta reputadísima señora me hizo pasar, me devoré las inocentes empanadas, como antesala a un opíparo almuerzo sabatino que rematé con una gloriosa y esténtorea siesta.

Sin embargo, y al levantarme de ese merecido descanso vespertino y en la soledad del baño, yo frente a yo, decidí hacer un ‘tete a tete’ con el espejo vistiendo tan solo el traje de Adán, “¿Gordo yo?”, le inquirí. “Espejito, espejito -continué-, estoy así de panzón como me dijo el nevecón ese que parece una marrana lista para la nochebuena?”.

El espejo calló y como el que calla otorga, procedí a examinarme: lo que Dios no me dio en cola - tiene más nalgas un gato empinado- me lo dio en barriga. Y sí. Reconocí una pipita tal que no me permitió verme mis ya tristes célebres 18 centímetros. Desvalido procedí a someterme a la más rigurosa dieta, sobretodo por las noches: fruticas y vegetales,

cero alcohol y mucha agua. La verdad, en una semana me volvieron a entrar los pantalones con cierta holgura y las camisas ya no parecían de fuerza y no expulsaban los botones al respirar profundamente.

Opté luego por bajar el consumo de harinas y calorías. Chao embutidos. Te vi chicharrones, puerquitas y aborrajados. Y Aleluya : a las tres semanas volví a recuperar la movilidad tornándome más ágil y versátil y además me lo volví a ver.

Esbelto y gallardo, no más dolor de espalda ni somnolencias vespertinas. Caminé regalándole mis sudores a las orillas del río Cali. Entoné jubiloso “Vuelvo a vivir, vuelvo a cantar”. El sábado pasado volví al supermercado, compré frutas y verduras. Pasé de largo frente a las empanadas. No caí en la tentación y ya a punto de abordar mi pichirilo, ¡atiza! ¡Cáspita! Apareció la vecina en cuestión. “Como estás de repuesto”, fue su grito de batalla.

Le respondí de inmediato sacando pecho : “Pues aquí estoy hecho un jayanazo”, a lo cual agregó:

“No seas tan presumido mi Charles Atlas disecado. Te pregunté que como estás de repuesto porque se pinchó una llanta de mi carro y ¿será que me prestas el tuyo?”. Y huevón que soy, no solo le presté el repuesto sino que le cambié la llanta. Al despedirse me lanzó esta perla: “Gracias viejo. Yo pensé que ya no resistías una misa con triquitraques y otras cosas más”. Al día de hoy -lunes doce del día- no me ha devuelto el repuesto, me duele la espalda y me quiero volver a engordar.